En la vuelta a la normalidad nos olvidamos de los aplausos y las caceroladas que tan rutinarias se hicieron estos meses, sobre todo las primeras, ya no se escuchan tanto esos aplausos de cada tarde en los balcones a las 8, parece que todo hubiera pasado y ya nos hubiesemos olvidados de esos héroes que como podían y con lo que podían se vaciaban en jornadas maratonianas en las que el colapso era el pan de cada día.
Tampoco se escuchan las caceroladas de las 9, y ojalá con ellas se apague la crispación y la división a la que nos someten los políticos y que solo ha de ser suya, ya no hay protestas al gobierno ni sus medidas, ya no hay nada, ya todo pasó, o eso parece o queremos creer aunque no sea así, solo tenemos que mirar hacia Pekín para darnos cuenta de que esta guerra contra el bicho, sigue, no ha terminado, y a pesar de abrir fronteras y de estar cerca de terminar el ya célebre estado de alarma.
No debemos descuidarnos ni relajarnos si no queremos volver atrás, porque si desandamos el camino que tanto ha costado hacer, puede ser que tengamos que volver a los aplausos y a las caceroladas, y darnos cuenta de que todavía nada es normal, tal vez, ni lo será, al menos no como antes.
Además, no podemos bajar la guardia por todos aquellos que han padecido esta pandemia en sus propias carnes, se lo debemos a ellos y a los que por culpa de ella, se han ido sin que sus seres queridos les hayan podido decir adiós. Aún estamos en un periodo de incertidumbre en el que no sabemos que va a pasar, nada está claro, solo una cosa, en la vuelta a la normalidad nos olvidamos de los aplausos y las caceroladas.



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